Nana

 

Muy poco hacía falta para que la película de Nana, basada en el más que popular manga de Ai Yazawa se convirtiera en un blockbuster, pero nadie se esperaba semejante éxito en la taquilla. La historia de las dos tocayas que se conocen en un tren detenido por la nieve camino a Tokio se convirtió en una de las películas más vistas en los cines de Japón durante el 2005. Por supuesto, la película no sólo cuenta con el respaldo de una numerosísima legión de fans. La presencia de la súper estrella del pop Mika Nakashima en el papel protagonista, el tema principal (y la excelente banda sonora) cantado por Nakashima y compuesto por el popular Hyde del grupo l’Arc-en-ciel y la exagerada campaña de marketing que parece acompañar todo lo relacionado con este producto son hechos más que suficientes para garantizar el respaldo del público. Pero sin todo esto… ¿Qué nos queda? El director Kentaro Ôtani ha sabido captar la sensibilidad del manga original para luego traducirla al lenguaje cinematográfico a través de los personajes, espacios y pequeños detalles que caracterizan el universo de Nana.

 

Nana es, de hecho, la historia de dos Nanas, la frívola y despreocupada Nana Komatsu (interpretada por Aoi Miyazaki) y la independiente y misteriosa Nana Ôsaki (interpretada por Mika Nakashima), que a raiz de una fortuíta serie de encuentros acaban estableciendo un fortísimo vínculo entre ellas. Ambas se conocen en su primer viaje a Tokyo y acaban compartiendo piso. Mientras que Nana Ôsaki se muda a Tokyo para tratar de debutar con su grupo de música Black Stones -a la sombra de Ren (interpretado por Ryuhei Matsuda), su novio, quien triunfa actualmente con su grupo Trapnest-; Hachi -apodo de Nana Komatsu- se muda para poder estar más cerca de su novio de instituto Shoji (interpretado por Yuta Hiraoka), que ya lleva un año viviendo en la gran ciudad. Y es esta historia de encuentros y desencuentros con aires de j-dorama la que nos presenta la película, que adapta fielmente los cuatro primeros tomos del manga -el primer arco argumental-.

Si bien nos encontramos ante un argumento de lo más trillado, no estamos ante un producto “chica pija conoce a marimacho” a lo Shimotsuma Monogatari, sino todo lo contrario, se trata de una película intimista en la que el espectador se convierte en voyeur de la intimidad de ambas chicas y sus amigos, y vive y respira sus experiencias, alegres y tristes pero siempre cotidianas. Ôtani se contiene en la dirección para dejar que sean los personajes y los espacios los que lleven la fuerza de la película, adornando la narración con grandes y elocuentes silencios que aportan a la cinta un tempo que ayuda a sumergirse en el universo que presenta y te permite contemplar, junto a las protagonistas, los eventos que las rodean.

 

Mika Nakashima se estrena como actriz con el reto de encarnar a la carismática Nana, reto del que sale airosa sabiendo recrear la dualidad de un personaje tan duro como vulnerable, sin caer en la tentación de interpretar al estereotipo tan obvio que a priori parece su personaje. No podemos decir lo mismo de la actriz Aoi Miyazaki, más experimentada que la mayoría de sus compañeros de reparto, que sí parecese dejarse engañar por el estereotipo que representa Hachi, aportando pocos matices de profundidad a un personaje que, todo hay que decirlo, en esta parte de la historia es aún muy plano. Por otro lado, Ôtani, el director, acierta de nuevo al dar a los espacios tanta importancia como a los personajes, ofreciendonos planos en principio vacíos que se llenan de significado gracias a la mitología de la historia, que se construye paralelamente a la relación de las dos protagonistas.

Nana no es ni un dramón lacrimógeno ni un retrato hiperrealista de una relación. El director, consciente de las carencias de una historia incompleta convierte la película es una serie de experiencias comunes en la vida de todos con las que es muy fácil identificarse. Es, de este modo, la representación de una amistad sin necesidad de demasiados artificios. Y su mayor baza es también su peor enemigo, ya que su aparente simplicidad puede aburrir soberanamente al espectador desprevenido que aterrice accidentalmente en la historia y cometa el error de no darle una oportunidad.

 

 




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